
En el poema “Morder a los comensales,” Acevedo expone las relaciones de poder a través de las dinámicas entre la antropofagia y el erotismo. El artista extiende este modo de ver el canibalismo al definirlo como la forma elemental en la que se puede institucionalizar la agresión. El caníbal, quien comienza siendo el comensal, se va desplazando con cada estrofa, alterando su interioridad y exterioridad, su pasividad y actividad y su condición de depredador-presa. Su canibalismo no es más que el apetito primordial, el instinto, el deseo de poder, de tomar y de consumir, satisfaciendo la avaricia del caníbal.
Como leit motiv en el poema, el canibalismo nos permite indagar las dimensiones y aspectos del sistema de poder existentes en la sociedad de hoy. El comensal es quien en este caso asume el rol de primitivo en este drama de la posmodernidad. Su obra nos permite ver el poder que el Estado ejerce sobre sus ciudadanos mediante la metáfora del canibalismo. El comensal, definido como un ser que cena con otros en el mismo lugar, especialmente en la misma mesa, puede ser también definido como aquel que ingiere el alimento a expensas de otro. Se da una atracción entre los invitados, los cuales sienten apetito por el cuerpo del otro y a la vez una fascinación erótica tipo narcisista. Son cuerpos deseados y deseantes, que disfrutan ser catalogados como un grupo selecto de iguales apetitos. Se congregan no tan solo para y digerir la comida, sino también para examinarse y para ser examinados, para ser sujetos y objetos de su propio exhibicionismo y voyerismo.
La Cena representa la oportunidad de satisfacer en un instante el apetito carnal por lo que está de frente al invitado, es la orgía en donde el canibalismo oculista del exhibicionismo y el voyerismo se manifiestan como parte de la celebración compartida:
enrojecidos con sus propios cuerpos
financieros.
Van a comerse al mundo
por si las moscas.
El chantaje está servido a los que sirven la mesa
con su aperitivo de ensalada monetaria.
La mesa es representativa de todo lo que yace en el mundo, ya sea orgánico o inorgánico, preparado y servido para ser digerido. La mesa es el fruto del poderío que han ejercido los invitados, es la celebración de su triunfo como entes en el tope de la cadena alimenticia. En la escena se presenta cierto protocolo, el cual dicta el órden en que se consume el mundo, y el cual se empieza con el aperitivo de “ensalada monetaria.”
Son siete los invitados a la Cena, un número cabalístico que marca el acceso VIP a dicho evento. Es a la vez el “siete” una posible alusión a la Cumbre Económica Mundial (G-7), un grupo compuesto por los jefes de estado de las siete repúblicas más ricas del mundo, quienes cada año se congregan para coordinar las políticas de la economía internacional. El que sirve la mesa es el trabajador que tiene las de perder en la sociedad, quien da un servicio no reciprocado, y a la vez, recibe la estafa de aquel que posee el poder monetario. No tan solo debe servir el animal sacrificado, en el cual probablemente yace él mismo y su entorno, sino que encima de eso lo debe servir, convirtiéndolo en un ser doblemente sacrificado. Como ente social y como cuerpo físico, el servidor es controlado, manipulado, mas presencia las heridas y las mutilaciones que se le infligen a los cuerpos que yacen en el espacio de la mesa. Los invitados, quienes al parecer, son personas identificables y expuestas, no esconden su canibalismo ante el mundo. El exhibicionismo y el voyerismo graves toman lugar en ambos lados de la pantalla en el momento en que se proyecta la Cena:
En televisión se les ve
—hay un octavo que usan de servilleta—
tras el vidrio saborean los cadáveres
bien aderezados
mientras los huérfanos mascan coca
Esa urgencia en consumir cuerpos y culturas se debe en parte a la gratificación inmediata que ésta ofrece. Y con las tecnologías del marketing, como lo es el medio televisivo, se propaga y fortalece el capitalismo. Una de las comunidades que se han asociado con el G-7/8 ha sido precisamente el Media Leaders Club, compuesta por editores y periodistas de los medios de comunicación más influenciales del mundo. Es a través de esta comunidad, que el G-7 se difunde y se exponen ante el público. Mientras más se consume, mas se acumula en el cuerpo del comensal. Esta fascinación por el consumir el mundo lo lleva a expandirse y a meta-crecer, colonizar y destruir lo que lo rodea. El octavo invitado es una suerte de chivo expiatorio, utilizado por los comensales para que recoja cada migaja y limpie las bocas mientras comen. Es en este octavo comensal en donde recae la acusación, la evidencia que no permitirá que los comensales sean castigados.
Siete comensales dichosos
los llamados a esta Cena
—con el permiso que aquí llevo fresco
médula espinal
Para Los Ángeles—
y después, de sobremesa,
de Tailandia a La Merced
carnecita doceañera.
El narrador entra en este ritual . Estas comunidades entran en un espacio globalizado con una gobernanza que va más allá de nación-estado, mde la Cena, trayendo consigo una sección del cuerpo humano vital para la transferencia de impulsos desde la cabeza al resto del cuerpo. Este comensal-narrador trae a la mesa el nervio humano para compartirlo en todos los rincones de la mesa. Pero, ¿de cuáles rincones estamos hablando? Estos sectores no son más que las ciudades y regiones que se han convertido en objetos en la gobernanza de la economía global. El anuncio de reclutamiento del G-7 ya mencionado exhorta a líderes regionales a que formen parte de esta coaliciónas se van conectando a la gran red nerviosa que provee Acevedo con la “médula espinal.”
Y en caso de que faltara algo más para servir en la mesa, el comensal-narrador trae carne joven como ofrenda de sacrificio, una carne tierna, “doceañera”, pues sus músculos aún no han sido desarrollados y pueden ser masticados más fácilmente. El momento del brindis llega con la anunciación de los filósofos en la que hacen una observación crítica y describen la escena que acontece en la mesa. Es el filósofo, quien conocemos como aquel que propone nuevas formas de vivir, aquel que nos deletrea los derechos del ser humano, quien precisamente anticipa el postre. Pero la función del filosofo de inculcar moderación no se cumple, pues los comensales no hacen pausa alguna para escuchar su canto, más no pierden la oportunidad de poner en uso sus bocas:
Ñam ñam suenan las mandíbulas
mientras los siete comensales
escuchan a los filósofos cantar
la desaparición del sujeto
y delirar sobre el cyborg,
la nueva figura subjetiva
para el postre.
El sentido del gusto—con su primitivo “Ñam ñam”—pone en manifiesto la significación en las relaciones de poder en el momento de consumar la muerte y la perduración de ésta en el cuerpo y en la vida del comensal. Acevedo hace una reminiscencia a lo mágico y ancestral del canibalismo del poeta puertorriqueño Luis Palés Matos. Su compatriota incorpora en su obra la metáfora del canibalismo, y su poema “Ñam-ñam,” repercute en las estrofas de Acevedo. Ya que se devora por completo al individuo moderno, los comensales pasan entonces al sujeto-objeto posmoderno del cyborg.
Durante la Cena se da una ingesta de alimentos en cantidades exageradas, provocando que la mesa no pueda contener lo que no se digiere.
Sin embargo, cayendo en las esquinas
de la mesa mundial
hay carne deshuesada, suelta,
para hacer candelabras y teteras
para disfrutar tomando el fresco en los Balcanes.
Estas sobras se convierten en materia prima, en donde a través de los candelabros y las teteras, se producen el fuego y el agua. El agua simboliza la fuente original de nacimiento o el génesis de la especie animal. El tomar las sobras y el introducirlas a la tetera es la manera en que Acevedo regenera todo aquello que va a ser digerido en futuras cenas, es el método de asegurar el bienestar del comensal. El fuego producido por el candelabro es otro modo en que se eternaliza este ciclo de producción, consumo y desecho.
El exhibicionismo de estos comensales atrae a un nuevo comensal hambriento, uno que al parecer no ha puesto sus dientes en uso por un tiempo y que ha esperado que sus presas se alimenten bien antes de éstas convertirse en producto de consumo:
Afuera alguien afila sus dientes
porque hay que saber lo que se sabe
esa otra carne bien cuidada.
Una mordida se anuncia—aunque sea una sola—
y devolverán sus estómagos al probar
el sabor amargo de sus propios cuerpos.
El voyerismo por parte del espectador esta vez se encuentra al otro lado de la vitrina con vista a la Cena. Esta escena se halla dentro de otra escena igual, en donde un nuevo devorador se prepara para ingerir la micro-Cena. La mirada del flȃneur Benjamiano, se convierte en la mirada del consumidor moderno y capitalista. Este espectador es un comprador que se harta—con tan sólo sus ojos—del espacio del nuevo espacio comodificado de la cena. El nivel de violencia se acrecienta, haciendo la forma en que se posiciona el caníbal, si el caníbal que vemos en el comensal se va exteriorizando a un cuerpo más grande que se va formando con cada estrofa. He aquí el auto-consumo del comensal, uno que resulta desagradable.
Se presenta además una alternación entre el que exhibe y el que observa, un juego visual entre el activo y el pasivo, un cambio de papel entre la presa y el predador. Vemos un desplazamiento entre voyerismo y el exhibicionismo. El pasar a ser de un cuerpo deseante a un cuerpo deseado logra cumplir la satisfacción máxima del cuerpo deseado: el ser devorado. El deseo por el cuerpo de otro nunca es estático, sino que se convierte en herramienta que le da fuerza al poema, una fuerza que mueve la acción hacia delante, buscando nuevos territorios, nuevos cuerpos para devorar.
Como lectores guardamos una relación canibalística con la Cena. Terminamos como flȃneurs, observando, examinando y presenciando el consumo de una escena por la escena siguiente, al estilo de matrioskas rusas. Mientras que el comensal que se afila los dientes se encuentra al exterior de la Cena, el lector se ubica fuera de la escena de la vitrina, ahondando más el mis en abyme. Lo que queda ya es el simulacro.

